jueves, 24 de mayo de 2018

Guerra Civil desclasificada


Bombardeos de Cabra por Crist Velasco, 1938. BNE.
La guerra es un desastre para el hombre. Este es capaz de lo peor contra sus congéneres, pero si el conflicto es civil, conoces a tu enemigo y entonces eres capaz de ser aún más cruel. Por ello, creo firmemente que en ninguna guerra hay buenos y más si esta es Civil. Una declaración de intenciones previa para mostraros una serie de fotografías sobre nuestro conflicto armado que la Biblioteca Nacional acaba de sacar a la luz. Estas se encontraban hacía décadas entre sus fondos, pero no estaban disponibles online.   

Se trata de imágenes de casi una veintena de localidades de la provincia: Aguilar, Baena, Castro del Río, Córdoba, El Carpio, Espejo, Espiel, Fernán Núñez, Montemayor, Montoro, Palma del Río, Pedro Abad, Peñarroya, Posadas, Puente Genil y Villafranca. Pueblos a los que hay que sumar Hornachuelos y Bujalance, cuyas fotografías aún no se han digitalizado.

Es un grupo de fotos muy numeroso y encargadas por el bando Nacional para documentar los daños causados por la aviación Roja. La mayoría son fotografías meramente documentales para mostrar el estado de iglesias y edificios bombardeados. Pero entre ellas se encuentra un reportaje sobre el conocido ataque de la aviación republicana sobre Cabra hace 80 años. Es un trabajo de un centenar de imágenes realizado por el fotógrafo lucentino Crist Velasco, pero totalmente desconocidas entre las que el reportero realizó para los diarios franquistas. Entre ellas hay instantáneas de una fuerza extraordinaria y de una calidad equivalente a la de los mejores fotoperiodistas de la guerra.

Ya somos todos muy mayorcitos para opinar sobre el fin de estas fotos, pero más allá de opiniones estas imágenes son historia y un documento de gran valor que debía haber estado disponible hace tiempo.


Bombardeos de Cabra por Crist Velasco, 1938. BNE.


miércoles, 2 de mayo de 2018

La postal más antigua de Córdoba





El Whattsapp del siglo XX.
Antonio Jesús González.

En la era de la información, cuando en el mundo de la comunicación reina el postureo en Facebook, Whattsapp o Instagram, cuesta mucho imaginar que hubo un tiempo en que el pudor de la gente rechazara un sistema rápido y barato como la postal. Y solo porque dejaba a cualquiera ver el contenido del mensaje. Hoy, estas cartulinas han sido relegadas a una rareza como medio de comunicación y son muy pocos los viajeros que, cuando llegan a destino, compran y franquean una postal para dar noticia a familiares o amigos de su viaje. 

La historia de estas tarjetas en España se remonta a la segunda mitad del siglo XIX, cuando el gobierno de la I República las normaliza en 1873. Aunque tardarían casi 30 años en ser aceptadas por la sociedad española y convertirse en una de las modas más chic a comienzos del siglo XX. La idea era tan sencilla como revolucionaria, cambiar la carta ordinaria por una pequeña cartulina de 9X14,5 cm que no necesitaba sobre. Una cara se dedicaba para escribir un pequeño texto y el dorso se reservaba para la dirección del destinatario. Pero su despegue como sistema de comunicación no arrancará hasta el año 1897, cuando los fotógrafos suizos afincados en Madrid, Oscar Hauser y Adolfo Menet comienzan a editar su serie general de postales fotográficas de ciudades españolas. Estos retratistas metidos a impresores habían llegado a nuestro país en 1888 y dos años después introducen en España el sistema más moderno de impresión del momento: la fototipia. Un proceso que permitía por primera vez la reproducción de fotografías con una elevadísima calidad de impresión a unos costes muy reducidos. A partir de 1890, Hauser y Menet comienzan a editar por el sistema de fototipia la célebre serie de láminas La España Ilustrada. Un coleccionable de gran formato, 20X30 cm, con el que divulgan su gran catálogo de fotografías de las principales localidades del país. Su enorme éxito contó con numerosas reediciones y formatos, entre las que llegan a comercializar hasta una serie en papel fotográfico.

Córdoba aparecía en esta publicación con once imágenes de los principales monumentos de la ciudad. En ella, la Mezquita Catedral contaba con un especial protagonismo con cinco imágenes. La colección se completaba con dos vistas de la ciudad desde el río, una toma del Triunfo de San Rafael, una de la fachada del palacio de Jerónimo Páez (hoy Museo Arqueológico), otra de la portada de la Casa de Expósitos (el actual palacio de congresos de la calle Torrijos) y por último, una concurrida vista de la moderna avenida del Gran Capitán. La gran acogida de este coleccionable llevó a Oscar y Adolfo a editar en 1892 la primera tarjeta postal fotográfica editada e impresa en nuestro país. No obstante, la limitada demanda y las dificultades técnicas con la impresión demoraron varios años la edición masiva de sus postales fotográficas. 

Las mismas imágenes cordobesas de su catálogo serán las que los suizos utilicen a partir de 1897 para editar las primeras postales fotográficas de la historia de la ciudad. De hecho, la cartulina titulada Córdoba La Mezquita, y que muestra el interior del templo con una vista de su universal bosque de columnas, es una de las primeras de la serie general de los suizos con la número siete. Esta colección de postales ilustradas llegará en 1905 a contar con la importante cifra de 2.078 ejemplares diferentes, de las cuales 38 modelos reproducían imágenes cordobesas. 

Físicamente, estas primeras postales son muy fáciles de identificar, ya que en su cara la fotografía, con un acabado mate, apenas ocupa entre un tercio y la mitad del total de la cartulina. El resto del espacio, en blanco, se reserva para el reducido mensaje de texto, que según el tamaño de letra del usuario podían ser hasta menos caracteres que los originales 140 de Twitter. El dorso, como ya hemos mencionado, se reservaba solo para el nombre y el domicilio del destinatario. Una estructura que no variará hasta 1905, año en que el diseño postal cambia al aún vigente. Hoy día, este se caracteriza por tener la cara totalmente ocupada por la fotografía, mientras que el dorso se divide en dos espacios iguales: a la derecha el hueco para el sello y la dirección del receptor y el de la izquierda para la comunicación. 

Aunque tardío, el éxito de las postales ilustradas en España será arrollador. Solo la casa Hauser y Menet editaba en 1902 la friolera de 500.000 unidades al mes. Sin embargo, durante los primeros años de vida de la postal, esta será más un objeto de colección que una herramienta de comunicación. A comienzos del siglo XX, la fotografía aún era un producto de lujo. Con suerte, la mayoría de las personas tenían una fotografía a lo largo de su vida. La prensa y los libros ilustrados apenas comenzaban a dar sus primeros pasos, por lo que la postal se convirtió en una ventana al exterior. Una nueva forma de viaje que daba a conocer las maravillas del mundo sin moverse de casa a través de una pequeña cartulina de papel.

El caso de Adolfo y Oscar es muy singular, ya que los suizos reúnen en su empresa las tres figuras operativas del mundo de la postal fotográfica: impresores, editores y fotógrafos. Estas actividades raras veces coinciden y hay que delimitarlas con precisión a la hora de catalogarlas, porque son fundamentales para su correcta identificación y datación. Sin embargo, son pocas las cartulinas que aparecen firmadas con todos los datos de sus creadores y no existe información sobre sus fechas de edición. Para ordenarlas cronológicamente hemos tenido que recurrir a los matasellos de las postales que hemos encontrado circuladas. Un dato que nos orienta tan solo de forma aproximada, ya que en estos primeros años de vida fueron muy pocas las cartulinas circuladas. 

La competencia de otras compañías no tardó en aparecer, pero su calidad de impresión convirtió a Hauser y Menet en la fototipia más importante del país hasta los años 20. Una década que marcará el inicio del declive de la fototipia con la aparición de las postales realizadas directamente sobre papel fotográfico, también conocidas entre los coleccionistas como postales de brillo. Entre los primeros postalistas con imágenes de Córdoba se encuentra la fototipia Laurent/Lacoste. La empresa madrileña comercializó, desde al menos 1899, el archivo fotográfico decimonónico del famoso retratista francés Jean Laurent. De entre su producción cordobesa destaca una preciosa serie de 15 cartulinas de tipos cordobeses con fotografías realizadas hacia 1870. 

Otros pioneros son Hans Wilhelm, quien edita las primeras postales en color cordobesas circuladas desde 1899. Es una serie corta con al menos cinco ejemplares y una calidad de impresión mediocre que reproduce imágenes del catálogo de la casa Laurent. Del ciclista y aventurero italiano Luigi Masetti, que recorrió Europa con su bici, conocemos una postal de la Mezquita circulada en 1899. La librería madrileña Romo y Füssel también edita una bonita serie de no menos de doce postales de la ciudad que imprimirán los talleres de Hauser y Menet y circuladas a partir del año 1900. 

Entre los principales editores europeos que recogieron imágenes cordobesas en sus colecciones antes de 1905 destaca la célebre casa alemana Purger & Co. La empresa de Múnich comercializó una amplia serie de casi 50 cartulinas coloreadas con la técnica de impresión de la cromolitografía. Las imágenes se dividen entre las indispensables vistas de la Mezquita Catedral y una original colección de tipos populares. Esta serie dedica especial atención a bellas cordobesas de la época que enmarca en varios patios de la ciudad. También es alemana la potente editora Stengel & Co. de Dresde, que lanza al mercado otra extensa serie cordobesa. Sin embargo, su gran calidad de impresión queda mermada por su muy escaso interés iconográfico, al limitarse a reproducir los típicos rincones de la ciudad. Mucho más atractivas son las vistas de la casa suiza Photoglobe Zúrich, ya que su fotógrafo busca encuadres urbanos que llena de vida con la presencia de transeúntes. Además, PZ imprimía las mismas fotografías tanto en postales en blanco y negro como en color, aunque para cada serie utilizaba diferente numeración. Hay que resaltar que, las fotografías originales de estas primeras postales en color siempre eran en blanco y negro. Los impresores recreaban un colorido aproximado mediante el uso de hasta 10 planchas de impresión diferentes con el proceso del fotocromo.

En cuanto a editores locales tempranos, no sé conocía a ninguno en la ciudad anterior a 1905. Sin embargo, nuestras recientes investigaciones nos han permitido desvelar que detrás de una difundida serie postal que aparecía bajo la enigmática firma de A.M.S.  se encuentra el editor cordobés Antonio Morales, propietario de la conocida imprenta La Verdad que se ubicaba en la céntrica calle Gondomar. Antonio presentó su colección de postales en la I Exposición Provincial de Industria y Agrícola de 1903. La serie está realizada por el sistema de fotograbado, un proceso de menor calidad de imagen que la fototipia, ya que muestra un importante ruido en imagen por la trama de impresión que utiliza. La edición está conformada por al menos 32 imágenes. Vistas que en su inmensa mayoría están realizadas por el fotógrafo granadino residente en Córdoba Tomás Molina.

Algo posteriores a 1905 son las cartulinas del famoso retratista Rafael Señán, afincado en Córdoba junto a la Puente del Puente desde 1910. Sus postales, también impresas por la casa Hauser y Menet, son junto a las de su paisano el también granadino Rafael Garzón, las series postales más extensas jamás comercializadas de la ciudad. No obstante, y aunque el grueso de sus fotografías están realizadas en los últimos años del siglo XIX, sus series irán aumentando con nuevas incorporaciones iconográficas y reediciones hasta la década de 1930.

En cuanto a temáticas, el postalismo cordobés se encuentra bajo el aplastante peso iconográfico de la Mezquita Catedral, que protagoniza casi el 50 % de las cartulinas editadas sobre la ciudad. Son las denominadas por los especialistas como postales de piedra, en las que la monumentalidad de Córdoba monopoliza las series, tanto de las editadas por compañías foráneas como por las locales. Una imagen de la ciudad que reincide una y otra vez en los mismos encuadres de los principales monumentos. Quizás, las colecciones más interesantes de todo el postalismo cordobés son las autoeditadas por entidades locales entre la década de 1910 y 1920 para mostrar sus instalaciones o actividades. Son series monográficas de una decena de ejemplares como las dedicadas al Palacio de Viana, el Círculo de la Amistad, el Colegio de Santa Victoria, el Obispado, el cuartel de Artillería o la preciosa colección sobre los ermitaños de la sierra editada por el célebre óptico cordobés Agustín Fragero.

La postal hoy ha vuelto para convertirse en un romántico objeto de colección que muestra la añoranza por una ciudad que ya desapareció. Son muchos los cordobeses que las buscan en mercadillos, anticuarios o en páginas especializadas de internet, donde se pueden encontrar catálogos con más de 20.000 ejemplares a precios que pueden oscilar según su rareza entre unos céntimos o los casi 200 €.